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La autoestima es algo tan importante como nuestra identidad, tema del que hablamos la semana pasada. La autoestima nos adjudica un valor como resultado de nuestra comparación con las personas que están a nuestro alrededor. Este valor habitualmente nos viene dado por los comentarios que recibimos de nuestro entorno, sobretodo en nuestra infancia y adolescencia, hasta que nuestro carácter ya podemos decir que está formado.

La autoestima no es algo que tenemos sino es algo que, de algún modo, se nos otorga; no obstante, cuando hemos alcanzado la madurez no es sano seguir dependiendo de los demás para sustentar nuestra autoestima. A menudo, “subcontratamos” nuestra autoestima sentenciándola a nuestro éxito en el trabajo, a nuestro estado físico, a nuestro estatus económico, a la pareja con la que estamos,…

Los medios de comunicación nos maleducan diciéndonos que sólo somos buenos hombres o buenas mujeres si tenemos esto, hacemos aquello, nos sentimos de ese modo o somos espectaculares. Todo lo que nos venden los medios de comunicación son sucedáneos temporales de la verdadera autoestima. Por ejemplo, un sucedáneo muy empleado últimamente es la necesidad crónica de vender nuestra “felicidad” a través de las redes sociales buscando el like (la aprobación) de nuestra red de contactos.

Si nos sentimos inseguros con nosotros mismos, ¿Qué podemos hacer? En primer lugar, debemos alejarnos de todos aquellos que se comportan de una forma excesivamente crítica con nosotros, ¡no son positivos para nuestra vida! y, en segundo lugar, debemos desintoxicarnos de nuestra necesidad crónica de subcontratar nuestro valor a nuestros padres, jefes, amigos,… Es necesario que no nos importe lo que digan de nosotros, que basemos nuestra autoestima en un examen personal de nuestras virtudes y defectos. Llegados a este punto, habremos alcanzado una estima personal objetiva y no dependiente de los comentarios externos o de elementos superficiales de nuestra existencia.